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La agricultura y la alimentación humana – I

Serie: La producción básica.

Capítulo 1: Agricultura

El tema de la alimentación humana es una de las cuestiones más significativas de la historia agraria. Si consideramos que los nuevos planteamientos en la historia económica hacen más hincapié en las posibilidades de consumo de la población que en los precios y la producción, el tema de la obtención de alimentos se convierte en una cuestión de primer orden. Autores de referencia han tratado el tema del hambre en la historia o las relaciones entre población y alimentación. La historia agraria, por su parte, ha tratado de reconstruir el desarrollo de las civilizaciones desde los procesos productivos hasta las relaciones sociales y comerciales que las caracterizaban.

Uno de los momentos clave de la historia de la agricultura y de la alimentación fue la revolución neolítica. El hombre se convierte en sedentario y produce en un espacio concreto el alimento para su reproducción económica y social. ¿Estamos ante un momento histórico que significará la liberación de las sociedades humanas de una situación muy precaria que la agricultura superará? ¿La invención de la agricultura posibilitará que los humanos salgan de una situación alimentaria deficitaria, con el consiguiente crecimiento de la población?

De hecho, es muy posible que pueda interpretarse de otro modo, sin que ello deba traducirse en un menosprecio de lo que este cambio significará en el transcurso de la historia humana. La agricultura se convirtió en una tecnología al alcance de las sociedades cazadoras-recolectoras. La simple observación puso de evidencia que unas semillas perdidas en las cenizas de un antiguo campamento producían una cosecha esporádica. Por lo tanto, la agricultura formaba parte de los conocimientos empíricos de los cazadores-recolectores y sólo se recurría a ella cuando la presión demográfica convertía en insuficientes otras opciones, como la caza o la recolección de nuevos alimentos, o la emigración. Por lo tanto, la agricultura se desarrolló por una decisión consciente de las sociedades humanas. La práctica agraria no sustituyó nada de lo que se hacía anteriormente: es decir, se continuó cazando y pescando, aunque la posesión de los rebaños convirtió estas dos actividades en más prescindibles. Pero las sociedades del litoral o las más cercanas a los bosques siguieron ingiriendo proteínas y calorías animales procedentes de la pesca y la caza, respectivamente.

Antes de Cristo, uno de los momentos clave en el desarrollo de la alimentación humana fue el que se produjo en las sociedades mesopotámicas, mediante los sistemas de riego por inundación a partir de los caudales de los ríos Tigris y Éufrates. Su sistema agrario consiguió, entre el 3000 y el 100o a.C., desarrollar una rotación de cultivos con múltiples producciones anuales. Dos y tres cosechas anuales constituían el premio para este esfuerzo productivo humano. Es muy significativo que unos cuantos milenios antes de la revolución verde de la segunda mitad del siglo XX ya existiera un sistema tan productivo.

Mapa de la FAO

La época medieval supone fundamentalmente dos grandes avances en el desarrollo de la alimentación humana. En primer lugar, la lucha contra el bosque, tan bien contada por el historiador francés Marc Bloch en su Historia agraria francesa. La enorme presión demográfica a partir de los siglos XI y XII permitió que en Francia se llevara a cabo un proceso de crecimiento de los cultivos a partir de las zonas boscosas, un proceso que finalmente deberá ser regulado, puesto que el bosque era difícilmente recuperable y generaba productos muy diversos, incluso para las sociedades urbanas.

Existe otra aportación de la sociedad alto medieval: el contacto entre los pueblos germánicos y los de herencia grecorromana significó la aparición de una forma de mestizaje alimentario: a la trilogía mediterránea (trigo, vino y aceite) se añadieron nuevos alimentos ganaderos de las sociedades germánicas, entre los que eran clave los derivados del cerdo. Puesto que estos grupos humanos se desplazaban, necesitaban alimentos fácilmente transportables – o autotransportables, como la ganadería.

El impacto de la conquista de América fue muy limitada en la agricultura y la alimentación de Europa durante los primeros siglos. Si bien conocemos que en el siglo XIX la patata era el alimento básico de las clases populares europeas, no es menos cierto que el proceso de adaptación de este tubérculo para el consumo humano fue lento aunque finalmente victorioso. Sin embargo, el maíz y la patata acabaron por alimentar, en una misma superficie, de dos a tres veces más personas que la economía triguera. Con menos importancia para el sustrato energético pero hoy fundamentales para la nutrición y la gastronomía, el tomate y el cacao viajaron de América a Europa.

En la historia de la alimentación humana, el papel de los emigrantes europeos que marcharon a América fue, fundamentalmente, el de la transferencia de los cultivos europeos a un nuevo contexto ecológico. Los europeos no fueron a América a desarrollar los cultivos autóctonos ni a domesticar los cultivos silvestres de allí. Ir a América suponía alejarse de la pobreza de una Europa superpoblada y crear allí una nueva Europa. Desgraciadamente, se hizo así mediante el dominio sobre los pueblos indígenas. Éstos eran agricultores – y descubridores de la agricultura – en las sociedades suramericanas, o cazadores – recolectores en las grandes llanuras de lo que serán posteriormente los Estados Unidos.